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Palabras de Alberto González
Gracias. Me llamo Al González. Desde jovencito, como a la edad
de mis dos hijos que me acompañan ahora, (por cierto, Sr.
Presidente, mis hijos trajeron sus billetes de un dólar para
los niños afganos), me levantaba temprano en la mañana
para desayunar con mi padre antes de que saliera hacia su trabajo
en la construcción, y le esperaba pacientemente a que volviera,
que normalmente era después de que oscureciera. Mi padre
trabajó seis días a la semana la mayor parte de su
vida, más duramente que cualquier persona que yo haya conocido.
Supongo que esto fue debido a que creció como un trabajador
emigrante en el sur de Texas, en donde conoció a mi madre.
Él sólo alcanzó una educación hasta
el segundo año de primaria y mi familia fue muy pobre. Mi
padre era un hombre muy orgulloso; era también un hombre
muy reservado, por lo que nunca me enteré de cuáles
eran sus ilusiones para mí. Nunca me vió tomar juramento
para ocupar el puesto de Secretario de Estado o como miembro del
Tribunal Supremo de Justicia del Estado. Y no vivió para
ver el día en que yo entrara al Despacho Oval a informar
a la persona con mayor poder en el mundo. Igual que los padres de
ustedes, mi madre y mi padre se sacrificaron para que sus ocho hijos
tuvieran una oportunidad de tener éxito en la vida. Hoy celebramos
el Mes Nacional de la Herencia Hispana para conmemorar esos sacrificios.
Celebramos este día para reconocer los logros de nuestra
gente. Celebramos para reafirmar nuestro compromiso con nuestra
familia, nuestro país, nuestra herencia, nuestra bella cultura.
Es una celebración de nuestra diversidad, pero este año,
en este día, también es una celebración de
nuestra unidad, una celebración de la esperanza para una
América unida y segura. Y finalmente, es una celebración
de fe, un pacto con la próxima generación, un compromiso
de responsabilidad para dar a los que forman parte de nuestra comunidad,
las mismas oportunidades que nosotros disfrutamos, y enseñarles
a nuestros niños y niñas que sientan orgullo y respeto
por nuestra herencia hispana, y que estén agradecidos de
ser americanos. Tengo la dicha de ser el abogado del Presidente.
Es lo más gratificante que he logrado, y a la vez, lo más
desafiante. Me reconforta saber que para algunos americanos, existe
un interés y un orgullo especiale en que alguien llamado
González camine por los pasillos de la Casa Blanca. Por supuesto
que el crédito por esta oportunidad pertenece a nuestro Presidente.
Me gustaría que pudieran conocer al Presidente Bush como
yo lo conozco. He visto cómo toma sus responsabilidades de
Comandante en Jefe muy seriamente, y he visto cómo su sonrisa
o una palabra tierna alienta a un alma desamparada. Nuestro Presidente
es un hombre con compasión, pero firme; apasionado, pero
disciplinado; con sentido del humor, pero con principios. Es un
hombre de gran fe quien cree que los americanos merecen ser tratados
con igualdad, y que todos tienen el derecho de tener las mismas
oportunidades, independientemente del origen étnico o la
religión. Pero además de todo, yo pienso que dentro
de su corazón guarda un lugar especial para la comunidad
hispana. Y aunque tal vez esa creencia esté teñida
por mi propio afecto y respeto, creo que hay gran evidencia en las
oportunidades que me ha dado a mí y a otras personas, y en
su visión para América, un país unido, no sólo
en tiempos de guerra, sino también en tiempos de paz. Damas
y caballeros, el Presidente de los Estados Unidos.
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